La importancia de desmilitarizar los espacios educativos


 

La campaña Desmilitaritzem l’educació lleva años reclamando espacios educativos, escuelas y ferias relacionadas con el mundo de la educación sin la presencia de ejércitos y cuerpos de seguridad armados. La acción que cada año realiza la campaña en el Saló de l’Ensenyament de Barcelona para protestar contra la presencia del ejército esta vez ha venido reforzada por la declaración aprobada en el último pleno del ayuntamiento de Barcelona, presentada por la CUP y aprobada por BEC, ERC y CIU, y ha suscitado más debate que nunca.

Ante esta polémica los militares han alzado la voz justificando que el ejército es una salida laboral como otra cualquiera y que muchos jóvenes están interesados en entrar en el ejército. Estas afirmaciones forman parte del interés de las Fuerzas Armadas para mejorar su imagen de cara a la sociedad y pretenden diluir y normatizar un debate que sobrepasa la polémica de su presencia en los espacios educativos, en el que entraría el papel de la guerra, de la violencia y del uso de la fuerza en nuestra sociedad.

Como mínimo podemos afirmar que prepararse para ejercer la violencia -qué otra cosa es la guerra si no- aunque ésta sea aparentemente legal, no es una salida profesional como cualquier otra. Se trata de emplear la fuerza laboral de los jóvenes para el uso de la coerción mediante el empleo de las armas, lo que también significa la aceptación de los valores militares y del relato belicista, asumiendo por el camino la posible aniquilación del otro o de uno mismo.

El mensaje de la presencia de las FFAA en un contexto educativo es el de normatizar la guerra en el escenario global como una herramienta de política exterior, que nada tiene que ver con los valores educativos que nuestra sociedad dice defender. Probablemente no consideraríamos como valor educativo que el uso de la fuerza y la victoria a través de ella proporcione el verdadero poder de la razón. El militarismo necesita de la construcción de su propio relato basado en la mitología belicista, donde es común atribuirse cualidades que la sociedad considera admirables y que el militarismo acapara como propias dotándolas de su carga simbólica que tienen un impacto considerable en nuestra concepción del mundo.

Así es el caso de valores como la valentía y la heroicidad que no dejan de ir ligados a la jerarquía y la obediencia, para los que es necesaria la ausencia de reflexión o análisis por parte del individuo, y que además son construidas desde el patriarcado. Se glorifica el uso de la fuerza, legitimando la ley del más fuerte físicamente o mejor armado sin dejar espacio para el pensamiento crítico, que resulta ser el principal objetivo de la educación y motor esencial para el progreso social. En su lugar, el militarismo acepta, legitima y aprueba el uso de las armas y la violencia como instrumentos sociales para alcanzar objetivos concretos y defender intereses políticos y económicos, lo que le convierte en instrumento de opresión.

Reflexionar sobre el militarismo y la educación requiere hacer mención a otra cualidad muy popular e históricamente acaparada por éste como es la disciplina. Las Fuerzas Armadas se auto-reclaman garantes absolutas de su transmisión y enseñanza, donde de nuevo su mitología la convierte en una característica ligada a la obediencia y al cumplimiento del deber. Sin embargo, cabe recordar que las escuelas son un agente imprescindible para la adquisición del concepto de disciplina, pero para despojarlo de su mito militar y convertirlo en una cualidad relacionada con la superación personal sin competitividad, donde la evolución del pensamiento y la participación colectiva son pilares para que se dé nuestra superación, sin establecer situación de jerarquía si no relaciones de cooperación y construcción mutua. La educación escolar de hecho, se aleja cada vez más del concepto de disciplina militarista.

El feminismo también tiene mucho que aportar en este sentido, bajo cuya óptica el militarismo se convierte en una herramienta patriarcal cuyos fines no son otros que los de adquirir poder mediante la opresión, que afirma y legitima el uso y la existencia de la violencia sin cuestionarla, cuyo papel para el militarismo es la de liderar el progreso, algo que el feminismo antimilitarista considera vitalmente reaccionario. La glorificación de la fuerza se convierte en algo esencialmente masculino, reivindicada históricamente y acaparada conceptualmente por los hombres. El machismo y el militarismo se convierten en dos elementos de dominación que hacen referencia al mismo fenómeno.

Hace falta un profundo ejercicio de reflexión: actualmente destinamos millones de recursos para la gestión y ejercicio de la guerra, la violencia y el asesinato del otro, para después ser incapaces de prepararnos para asumir sus consecuencias, como la terrible crisis de los refugiados está demostrando, siendo el símbolo más terrible de a dónde nos lleva el uso de la fuerza armada y su impacto global. El papel de los ejércitos en el mundo requiere de un debate social, así como las políticas actuales de seguridad y defensa, que actualmente están basadas en el secretismo de Estado, en la construcción de enemigos, en la cultura del enfrentamiento y el puro darwinismo social geopolítico.

Mientras tanto, el lugar de los ejércitos no es el de invadir los espacios educativos, que no le son propios ya que contravienen los valores que fomentan las instituciones educativas donde se trabajan valores más cercanos a la cultura y construcción de paz, la cooperación, la prevención de los conflictos y la resolución por vías noviolentas. Para ello se hace vital la defensa de espacios educativos libres de ejércitos y de armas.

Ainhoa Ruiz Benedicto

Activista antimilitarista, de la campaña Desmilitaritzem l’educación e investigadora del Centre Delàs d’Estudis per la Pau.

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